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Confidencias

marzo 1, 2014 - Diosas, Relatos

No solo juventud. A ella en algunos aspectos le quedaba todavía infancia. Incluso su feminidad se manifestaba con frecuencia de un modo pueril. Podría contar muchas anécdotas que la definirían en este aspecto y que creo que a ella le complacían de sí misma, porque formaban parte de su gracia. Cuando estábamos mucho tiempo apretados el uno al otro, me confesaba algunas de sus historietas, a la vez lúbricas y candorosas:

Un día que la fui a ver a nuestra ciudad natal, nos metimos como un recluta y su chica, o como sofocados amantes a la antigua, en una cafetería de luces tenues, sillones frondosos y cómplices celosías. Allí, al calor de cubalibres generosamente cargados, músicas empalagosas y bajo la protección de las sombras, me confesó amartelada que solía escribirme sus cartas sentada en la taza de su cuarto de baño. Así empecé a intuir por qué desvariaba tanto en sus escritos.

Recuerdo que fue una confidencia erótica plagada de diminutivos. Hurtando algún que otro rato a sus asignaturas, acudía al servicio donde, bajo el armarito de las toallas limpias, tenía escondido algún libro de poesías de una colección de bolsillo que le ayudaba a inspirar sus cartas. No le gustaba que sus padres le vieran escribir ni que se riera de ella su hermano pequeño, que era de temperamento incordiante y un niño algo chulín e insolente. No dejaba nunca nada que la delatase en su neceser del estante de cristal porque sabía que su hermano se lo espiaba examinando los Tampax y otros artículos íntimos de los que extraía el muchacho información con la que acabalar su incompleta educación sexual. Ella al principio dejaba sus textos en un bolsín de plástico con cuadros rojos que contenía, junto a horquillas para el cabello de los tiempos de Maricastaña, y pinzas de parecida utilidad oxidadas por la humedad que propagaban sus duchas calientes, unos rulos roñosos que hacía tiempo que no usaba nadie. Pero tampoco fue buena idea ocultarlo allí, me dijo Carmen, ya que en cierta ocasión en que había dejado además una carta a medias, su madre quiso recuperar los rulos ignorando su mal estado y advirtió los rastros del romanticismo de su hija como enganchados a su viejo rizapelo por lo que decidió tirarlo todo, según comentaba cómicamente mi futura suegra, diciendo que el instrumento había quedado inservible tras convivir con frases tan pegajosas que le habrían estropeado el cabello

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