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¡Cuánto te quiero, Madrid!

enero 19, 2015 - Nazi-onanismo
Estoy enamorado de Madrid. Iba a decir que amo Madrid o que amo a Madrid. Hemingway decía que era el centro del mundo (o algo así). Yo creo en los hombres mentalmente independientes, con criterios propios y eso es algo que se da especialmente en la capital de España, porque aquí se conoce lo que es el independentismo bien entendido. Cada uno tiene su propio criterio. Nadie es de Madrid y Madrid además presume de que a aquí se llega y se es de Madrid  desde el primer día, siempre que se quiera y sin tenerlo que demostrar a nadie. Es decir, a seguir siendo lo mismo que eras sin que a ninguno le importe. Y si no quieres sentirte madrileño, pues a nadie le va a molestar. Da igual de donde procedas. No es algo de mucha relevancia en esta ciudad. Además, si hablo con alguien no tengo la sensación de que reproduce propaganda. Cada madrileño es capaz de pensar por su cuenta. No hay presión para estandarizar a los madrileños y por eso esta ciudad es más interesante.

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Eso no quiere decir que en Madrid la gente no tenga prejuicios. Todo el mundo tiene prejuicios, los cuales siempre son negativos, y yo por supuesto, no puedo evitar tener los míos. La diferencia en favor de Madrid es que aquí cada uno tiene los suyos, y la sociedad no pretende uniformarlos. El nacionalismo catalán, por ejemplo,  pretende hacer una doctrina oficial, institucional, de prejuicios catalanistas, definiendo lo que deberá entenderse que es catalán, lo que no es catalán, quién es más catalán, o mal catalán, revisando apellidos, etc. ¡Qué pesadez! Naturalmente, cuanto más extendido está un prejuicio,más enfermizo y dañino es. Y si el poder lo fomenta, entonces estamos ante algo realmente muy peligroso.

Jordi Pujol hablaba de “inmigrantes de segunda y tercera generación” ¿Cabe algo más nazi? ¿ Cuántas generaciones hacen falta según esos presuntos estafadores para lavar el pecado original de no ser de su puto pueblo? Mando un fuerte abrazo a los queridos habitantes de todos esos territorios atenazados por los nacionalismos obsesivos y separatistas. Hay que tratar de aferrarse a la independencia mental individual para luchar contra eso tan feo de los prejuicios separatistas, que es bastante más antiestético que meterse el dedo en la nariz, pero también de consecuencias mucho más graves. El nacionalismo actual está en lo hipócrita, y políticamente correcto. Es decir, que elimina las barreras a los minusválidos pero zancadillea a los vecinos de origen foráneo.

El que tenga problemas, que venga a Madrid. En Madrid nadie dice: “llegaron como parias”, “no serían nadie sino fuera por esta tierra”. Nadie te plantea si “te integras o no te integras”. Nadie dice lo qué es un buen madrileño y lo que no. Nadie dice “es de fuera”, ni “son del Sur” o del Norte. Nadie advierte: “aunque no lo parezca por el apellido es como si fuera de aquí”. No se dice, es “medio de aquí”.Y nadie espera que estés humildemente agradecido a Madrid por haberte dado trabajo ni por nada. Madrid respira alegría. Madrid no tiene esos malos rollos.

Aquí nadie afirma que seamos más europeos que otros ni que lo seamos menos. Madrid son calles y casas en las que viven personas,  individuos con una mentalidad abierta, con criterios propios, en un ambiente colectivo de libertad y educación. Aquí la cultura no se demuestra repitiendo la tradición local de la tía abuela, sino demostrando la educación moderna. Por ejemplo, se demuestra educación al no clasificar ni etiquetar a los demás; al no generar una hostilidad soterrada. Esa es la educación sana que evita los prejuicios colectivos compartidos y fomentados por el podercillo caciquil local.

Una nación no es otra cosa que un conjunto de prejuicios compartidos y fomentados por el poder. Cuanto más pequeña es la nación, más estrechos y mezquinos los prejuicios. Madrid se asoma al mundo y lo ve amplio, brillante y azul, y se pone de puntillas, pero no para parecer más alta, sino por si puede ver hasta más allá de las montañas y de los mares. Sin onanismo. Madrid mira con fascinación al universo.

La otra cara en la moneda de los prejuicios son los complejos. Todos tenemos, lo repito. Pero colectivamente Madrid está sana. Sin prejuicios. Sin complejos. Madrid es una sonrisa bien amplia. ¡Cuánto me gustas, Madrid!

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