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El agua

diciembre 16, 2014 - Relatos
El agua

venecia(borrador de un fragmento) (o fragmento de un borrador).

Fue el día gris en el que celebramos la boda de Carmina, la sobrina que trabajaba de relaciones públicas de un hotel, creo recordar. Estaba distraído pensando en las noticias del día. Algo había pasado, no recuerdo qué. También estaba preocupado por lo difícil que se estaba poniendo ejercer mi profesión de controlador aéreo . Y ese era precisamente el problema. Estaba demasiado distraído para ese trabajo. Mi responsabilidad era demasiado grande.Mientras caminaba, miraba a la gente sin fijarme en nadie. En un escaparate había uno de esos maniquíes que hablan. Se proyecta sobre su cara una película con un rostro parlante y el efecto es algo extraño. El maniquí parece estar vivo. Pero ese truco era ya muy viejo. Simplemente me puse en aquel escaparate para seguir pensando, por no pararme en medio de una acera. Yo seguía con mis pensamientos. El maniquí dejó de gesticular. La gente se fue y yo seguía allí, cavilando y solo junto al vidrio que me separaba del muñeco parlanchín. Sonreía estúpidamente. Como si empezáramos a simpatizar. Yo le sonreí también. Sonreír es bueno. No es malo… Es bueno sonreír.
Algo me despertó. Un poco de frío en los pies. Miré y vi que se había formado un charco que yo estaba empapando mis zapatos. Por un momento creí que me había orinado encima, no sé por qué. Seguí caminando. Con las manos en los bolsillos de mi traje gris. Pero el charquito se agrandaba avanzando más que yo. Me paré a mirar hacia atrás y entonces me di cuenta de que la calle estaba desierta y cubierta de una uniforme capa de agua, de unos dos centímetros. Eso me recordaba la primera vez que fui a Venecia. Toda la plaza de San Marcos estaba inundada, algo que allí se acepta con naturalidad. Yo no sé si es muy normal que yo viva esto en esta ciudad de secano y lo contemple con apatía, como un veneciano, pero después de todo, ¿qué podía yo hacer? Solo seguir andando con las manos en los bolsillos y pensar en las noticias y en mi trabajo, en el que tanto me estaba distrayendo. Ahora sí que estaba parado en mitad de la calle, mirando alrededor. Todo vacío. No estaba claro de dónde salía el agua. No notaba que hubiera corriente alguna. Sin embargo , sí que me entró una soledad sobrecogedora y magnifica. Vi un banco con una paloma encima y, pese a llevar el traje impecable, me dirigí hacia él arrastrando los pasos por el estanque que ya tendría unos diez centímetros de agua, para poner los pies en el asiento y apoyarme en el borde del respaldo. La paloma se fue batiendo alas, claro, y la seguí con la vista hasta que la perdí. Busqué mi tabaco mientras me relajaba a medida que el agua iba transformando aquella avenida. Pero no llevaba cigarrillos encima. Estaba tan aturdido… Creo que en general los días húmedos, o de bajas presiones en lo meteorológico, me afectan. Alteran mi salud y mi estado de ánimo. Aunque no había visto llover ese día. ¿O sí? Lamenté profundamente no llevar tabaco encima. Estuve recordando la boda de Carmina. Tenía una duda. ¿Quien era Carmina? No recordaba bien si era la mayor de las chicas de mi hermana o si era una prima mía. Todo estaba confuso. Había ido a la iglesia y… Algunas iglesias tienen ese tipo de altares que detesto, llenos de estatuas de madera con columnas jónicas pintadas de un color dorado oscuro. Son retablos tristes, aburridos. Yo había llegado con el resto me mi familia, pero Nieves me pidió que fuera al coche para traerle el chupete del pequeño. De mi hijo. Por un momento no sabía qué niño necesitaba el chupete. Y no tenía claro dónde había dejado el coche. De pronto me pregunté si se le estarían mojando los bajos. La famosa tapa del delco. ¿Existiría la famosa tapa del delco? Quizás los coches modernos ya no tengan esa tapa o carezcan del delco ese. El agua parecía ya moverse un poco, hasta el punto de que hacía un bonito murmullo al salpicar junto a las patas del banco que estaba ocupando. Era normal que tanta agua en una ciudad tan abierta encontrase algún desnivel. Mi asiento era de madera, pero las patas eran de hierro. También los brazos. Sobre esos apoyacodos de hierro tuve que poner pronto mis pies porque el nivel del agua ya superaba el del asiento. Y yo todavía no había ido al coche a por el chupete o lo que fuese. Soy capaz de reaccionar y lo hice. Baje del banco y empecé a andar hacia las murallas árabes, con el agua por encima de las rodillas. Recordé que había una bajada un instante antes de caer por la escalinata cubierta de agua y verme nadando por ahi. Daba gusto hacer braza en aquella enorme piscina. Me preocupaba que mi mujer necesitaría el chupete para el niño. Y ver mi corbata mojada también me debió de molestar. Mis corbatas son de seda. Empecé a nadar y claro, recordé las noticias de la noche anterior. En Levante habían alcanzado los ventisiete grados en pleno mes de noviembre. ¡Veintisiete!  Seguí nadando aunque no era fácil, porque la corriente era cada vez mayor. De nuevo me quedé distraído como con el escaparate y me dejé llevar. Me daba todo igual. Cuando se evaporase toda ese lago ya volvería yo a  donde antes. El agua no estaba fría. Me puse a sonreír. Sonreír… Es como las cosas se arreglan. Sonriendo. Veo que el agua me arrastra en circulo. Hay un remolino en el centro de la plaza, como si hubiera un sumidero gigante. Será mejor que sonría. Espero que el maniquí me vea sonreír. Está lejos. Mi cara esta tirante… Me va a tragar el agua. Haré el gesto de sonreír mejor, que ya no sé cómo era, pero algo haré. Las mejillas están muy tensas como si la piel hubiera encogido. Hago un cierto esfuerzo por alargar mi boca hacia los lados. Como que soy como el maniquí, que en realidad mi cara no se mueve mientras la corriente me lleva. Sonreír es muy bueno. Las cosas mejoran. Y si el extraño desagüe me traga, quizá, sonriendo, no muera ni sienta nada. Ni frío ni calor. Me pregunto qué tal se estará en Levante ahora. Ayer salió en las noticias. Dijeron que había bastante gente tumbada al sol en las playas de Levante.

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