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Identidades Cretinas. (Tratado de Filosofía Casera)

enero 9, 2015 - Reflexiones
Los años aportan cosas.

En mis tiempos, los jóvenes tendíamos a ser o unos cretinos superficiales o unos intelectualoides profundos o unos emotivos torpes. Yo asimilo en un solo grupo a los intelectualoides y a los emotivos, por muy patanes que puedan ser algunas veces los emotivos. Por tanto, hablaremos de dos tipos: los superficiales cretinos y los intelectualoides/emotivos. Los primeros se mantiene estables hasta  los cuarenta años, es decir, siguen cretinos, cada cuál en su nivel natural, y los segundos se desesperan ante su incapacidad para manejar su vida y se vuelven frustrados, ya sea en su versión amargada y fracasada; o se acomodan a su relativa marginalidad; o se convierten en  “sobreadaptados” a la realidad: arribistas, oportunistas, profesionales corruptos, y demás personajes decepcionantes. Ya has deducido que en mi opinión los cretinos manejan mejor su vida o si la manejan mal, no son conscientes, porque para eso son tan cretinos. Esa ventaja tienen.

Pero con algunos años más, llega un cierto renacimiento personal: entonces es cuando los humanos podemos alcanzar cierto equilibrio. Hemos adquirido destrezas y cicatrices. Hemos aprendido a deslizarnos y tropezar. Vemos que hay un momento para lo superficial, y otro para lo trascendental; una necesidad de realidad y otra de imaginación. Hemos aprendido a habitar en nuestros dos mundos. El externo y el interno. Saber vivir, saber pensar. Al cretino la vida en algún momento habrá conseguido hacerle pensar, salvo que sea un caso muy extremo.  El intelectualoide o el emotivo, al final se da cuenta de que el verdadero y único cretino es él mismo. Lo acepta y a lo mejor hasta se ríe de su cretinez anterior, de la actual, e incluso de la cretinez más persistente, que le acompañará hasta el fin de sus días. Por tanto, “quod erat demonstrandum”.

Hay una convergencia entre unos y otros. Aumentan los parecidos. La vida les suministra su contrapunto. Quizá por eso hay una cierta elegancia fuera y dentro de los cráneos a partir de cierta edad.

Por si ha quedado alguna duda, los cretinos y los intelectiualoides en cierto sentido se reconcilian a los cincuenta, si bien los corruptos no abandonan nunca, pero este ya es otro tema.

Y justo en el momento en el que nuestra personalidad alcanza su mayor esplendor nos damos cuenta de que cuanto más nos parecemos, más somos efímeros como un fuego de artificio: una subida no demasiado larga y una magnifica y rápida explosión, que dura menos que un suspiro. Porque en ese momento, en que nos sentimos identificados en la mirada de otros mayores, justo cuando creemos que hemos alcanzado nuestra verdadera esencia, nos damos cuenta de que pronto ya vamos a ser como todos y a desaparecer. Y antes de desaparecer nosotros, desaparece ya nuestra identidad. Un anciano se parece mucho más a cualquier otro anciano que al adulto que ha sido. Nuestro ciclo se está agotando. Estamos perdiendo nuestra diferencia, de tal modo que morir es volver a perder tu identidad hasta diluirte en la materia. Tanto si eras cretino, como si eras cretino. Porque lo eras. Porque lo somos, quiero decir, claro.

 

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