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Mi viaje a Inglaterra 2

noviembre 6, 2015 - Mi viaje a Inglaterra, Relatos

En cuanto salí de allí me di cuenta de que ahora sí que iba a estar solo ante el peligro. Por eso mi papá me había dado aquel café tan fuerte, para ver si espabilada. Pero yo sabía que podía tener fe en mí. Muchas veces me lo había dicho mi amigo Manolo. “Tú puedes si tú quieres. Hoy es el primer día del resto de tu vida. Visualiza el éxito”. Unos consejos de los que no te da nadie. Y tenía razón Manolo porque el tío había que ver lo que manejaba con su puesto de nicanores. Así que me puse a visualizar el éxito mientras andaba. Lo que pasa es que para estas cosas hace falta mucha concentración y a mí eso se me da muy mal, porque me distraigo enseguida. Por ejemplo, lo primero que pensé es que si bien llevaba un abrigo con las solapas subidas, eso no era suficiente para parecer un verdadero agente secreto. ¡Qué te crees! ¿Que con subirse las solapas ya vale? ¡Pues claro que no! Hay cosas más importantes que esta tontería. Por ejemplo: unas gafas de sol. Hay que llevarlas cuanto más tiempo mejor para que nadie te reconozca por la calle.

Estaba cruzando una vía y no hago más que pensar en eso de que no me reconocieran cuando de pronto oigo un frenazo e inmediatamente veo a un tipo que saca la cabeza por la ventanilla de su coche y me dice:
-¡Gilipollas!
Casi me atropellan.  Me vuelvo hacia el conductor para decirle que tampoco había que ponerse así, y levanto la mano con desdén, y poniendo cara de vamos a ver si nos comportamos un poco,  cuándo de pronto me pitan por otro lado los que iban en dirección contraria y me vuelvo a oír lo mismo.
-¡Gilipollas!
Me asusté de nuevo con este otro energúmeno que me había reconocido, pero ya no le dije nada. Bajé la cabeza y me fui. Parecía que todo el mundo estaba de acuerdo en llamarme así. Con unas gafas de sol tendría mucha mejor imagen, daría otra cara de mí mismo, más pues, pues eso, más duro, más misterioso, más secreto. Porque yo siendo tan despistado pues no doy esa impresión. Y es que la imagen es muy importante. Me lo dice Manolo que sabe mucho de marketing.

Total: que me fui corriendo hasta la otra acera, y todo dios pitando: ¿Pero qué haces, desgraciado? ¿Pero no ves el semáforo, cenutrio?  Allí todo el mundo haciéndome preguntas de esas. Una pregunta, un insulto, una pregunta, un insulto… ¿Pero quieres moverte de ahí, cacho de mamón? No hay educación. Mi madre mientras friega el portal siempre lo dice. ¡Ya no hay señores!
La verdad es que estaba un poco aturdido esta mañana, porque hacía mucho frío, mucha niebla, creo que como en Londres, osea que bien para ir acostumbrándome a la cosa. Pero, oye, de sobresalto en sobresalto, porque no había dado ni dos pasos por la otra acera, cuando de pronto oigo que me llaman: -¡ Andrés, Andrés !

solglasogonMiro a ver quién me saluda y me encuentro a Noemí, la quiosquera hija.

-Pero ¿A dónde vas? Que parece que no veas bien.

-Pues nada, precisamente iba a comprarme unas gafas de sol.

-Pero hijo si te pones gafas de sol aún vas a ver menos y te va a atropellar un autobús. ¡Estás vivo de casualidad!

-Ya pero es que las necesito mucho.

-¿Y eso?

-Pues mira, no te lo había dicho, pero es que voy a ser agente secreto y me voy a Inglaterra en cuanto me compré las gafas.

-¡Toma castaña !

-¿Qué pasa? ¿Es que no puedo ?

Total que la quiosquera empezó a partirse de risa y no paraba. Yo pensé en decirle la pena que me daba la gente que demostraba tener tan poca fe en mí, porque algún día ni se atrevería a mirarme. Ella me observó luego con cara de pena y me dijo:

-No seas así, hombre, que siempre te estás enfadando conmigo.

-Claro, porque me vacilas.

-Pero hombre no me digas en serio que te vas a Inglaterra porque no me lo creo, igual que no me creí lo de que te ibas a dedicar a criar papagayos, que es lo último que me dijiste qué ibas a hacer. Y bueno, lo de hacerte agente secreto ya… -y otra vez a no parar de reírse de mí.

Que si no, que si sí, estuvimos discutiendo un rato.

-Que me compro las gafas y me voy al aeropuerto a comprarme el billete del primer vuelo que salga para Londres.

-Pues tendrás algún dinero para comprarlo.

-Claro que sí. Mi padre me ha dado un sobre lleno.

-¿Tanto como para comprar un viaje en avión? ¿O para comprar todo el avión?

-Pues no lo sé. Porque todavía no sé cuánto vale el vuelo.

-Mira vamos hacer una cosa, Andrés. Ya es hora de cerrar el quiosco, así que, si quieres, me esperas cinco minutos a que cierra el chiringuito y te ayudo un poco porque, hijo, ¿cómo vas a irte tú hasta Inglaterra sí casi no estás preparado para cruzar la calle?

Y bueno tengo que decir que la quiosquera era así más o menos de mis años porque es hija de los quiosqueros de toda la vida, y no está mal, aunque un poco regordeta, así que le dije:

-¡Venga pues!
Allí me tuvo la tía más de tres cuartos de hora y decía que iban a ser solo cinco minutos.

-Espera un poco, Andrés. A ver si viene alguien más a comprarme una revista, un periódico, o algo que yo tengo que comer y hoy he servido poca prensa y ningún fascículo.

-¡Pero qué dices! ¡Que me lo ha dicho mi amigo Manolo, que los periódicos dan mucha pasta!

Pero ella no me hacía mucho caso porque estaba despachando algún diario financiero para los ejecutivos de las oficinas de por allí. Varias veces le pregunté si acaba ya y ella todo el rato: ahora mismo Andrés no seas pesado. Hasta que por fin nos fuimos de allí cuando ella ya había echado la llave al puesto. Me cogió del bracete y me dijo:

-Vamos a ver qué gafas más chulas te compramos.

Entramos en la primera óptica que vimos, y no hacemos más que meternos que ella ya empieza a probarse gafas.

-Pero bueno ¿no me ibas a ayudar a comprarme gafas a mi?- Y me dice ella:

-Es que aquí tienen algunas monturas muy bonitas para mí. -Y me pregunta: -¿Tú cuáles quieres?

-Pues no lo sé. Tienen que ser unas elegantes pero que no llamen mucho la atención porque eso no es bueno para un agente.

-Claro, claro…  Pues mira esas mismo. ¡Póntelas a ver! ¡Hala, qué bien que te quedan estás!

-¡Pero si son las únicas que me he puesto!

-¡Qué guapo! A ti es que te sienta bien todo, ¿eh?

Y empezó a probarse muchas para ella.

-¿Te gustan estas otras para mí? ¿Me las regalas?

-Mucho. ¿Y yo no me pruebo más?

-No hace falta. Esas son perfectas.

Cuándo saqué el dinero para pagar Noemí me dio un abrazo y un beso y del achuchón me tiró las gafas nuevas al suelo, que menos mal que no se rompieron. Salimos de allí con nuestras ahumadas puestas, como diría Manolo, y yo me iba a meter el sobre de mi padre en el bolsillo cuando ella me lo coge y me dice:

-Trae a ver.

Abre el sobre, me cuenta la pasta y dice:

-¿Y tú con esto te quieres ir a Inglaterra? Pues más vale que encuentres trabajo allí enseguida, machote, porque tu padre no es que se haya estirado mucho.

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