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Raza (fragmento de Al Fondo del Pasillo)

enero 23, 2015 - Relatos

Al parar en el semáforo de una estrecha calle junto a mi casa dio la casualidad de que Anabel apareció con su perro lanoso y con su mirada. Al vernos saludó con la mano y paso por delante del coche como riéndose también. Una muy leve culpabilidad me pesaba en las ojeras, pero no por Carmen sino ante mi voluptuosa vecina del tercero. Carmen se interesó inmediatamente por ella.

     – Veo que no has perdido el tiemde-la-cantera-de-modelos-brasilenaspo -me dijo-, porque solo llevas aquí unas semanas y ya te saludan las chicas por la calle.

– No, qué va -le dije yo-. Las chicas no, solamente esa.

– Pues es mona…

Se quedó pensativa mientras yo le daba la razón haciéndome el distraído con el tráfico. Entonces me preguntó que de qué la conocía y yo le dije que sólo de que era vecina. ¿Había yo salido con ella? Sí, le contesté, o mejor dicho me la había encontrado en un bar debajo de casa y habíamos conversado un poco, un día.

– ¿Un poco, un día? Ya. ¿Y otro día… ? ¿Otro poco? ¿O qué?

– ¡Vaya por Dios! ¡Ay, que celosa es mi chica!

– ¡Ya! ¡Te conozco, bacalao!

Yo me reí y decidí que lo mejor era no hacerle ni caso. Sabía que ella no era nada obsesiva y que nunca daría por hecho aquello de lo que no hubiera pruebas claras, aunque tuviese seguridad y certeza de haberme descubierto. Pero al cabo de un rato, todavía en el coche me dijo:

– Reconozco que era monilla… O más que monilla era atractiva. Sí, era muy guapa.

Yo le pedí un cigarro para distraerla y ella comenzó a encendérmelo mientras decía pensativa:

– Reconozco que está buena, como decís vosotros. Lo que pasa es que encuentro que esa chica tiene como un poco de raza.

– ¿Cómo dices?

– Que tiene un poco como de raza.

– ¿Un poco de qué?

– Un poco de raza.

– ¿Un poco de raza? -le pregunté extrañado.

– Que sí.

– ¿Qué es eso? -pregunté.

– ¡Pues raza! ¡Una raza! ¿No sabes lo que son las razas?

– ¿Los chinos, por ejemplo? -dije intentando acertar.

– Sí, una raza -me contestó impaciente.

Entonces yo le recité la lección como si llevase años esperando a que me lo preguntase la señorita de la clase.

– ¿Los eslavos, los latinos, los arios, los negros, los hindúes…?

– Si, hijo, sí. Todos esos.

– Es que no te entendía esa expresión: “tiene un poco de raza”. Parece que hables de alguna enfermedad o de un defecto físico.

– Y tú ¿cómo lo dices? -me preguntó.

– ¿Qué quiere decir que tiene un poco de raza? Todos tenemos una raza u otra y no un poco. En todo caso se tiene un poco de cierta raza en particular, no “un poco de raza”.

– En ese sentido lo decía yo.

– Pues en ese sentido todos…  bueno, es igual.

– Sí, hijo. Que tiene como un poco de raza, por los labios, así, un poco -acariciándose los morritos con el dedo

– ¿Tiene un poco de raza alrededor de la boca? Quieres decir que tiene labios gruesos como las mulatas. Pr fin lo cojo.

– y como se le ve el pelo y quizás la piel ligeramente también, no se no la he visto bien, ¿eh?, pero me parece que no era nada luminosa de cutis.

El comentario me pareció tan ridículo que casi me entró la risa.

– ¿No la has encontrado luminosa de cutis?

– Pues no.

– Vaya -dije lacónico. Y por no crearle más sospechas añadí:- Puede que tengas razón. Yo tampoco la encuentro demasiado luminosa de cutis.

Ya que me entraron ganas de reírme pero me sentía vigilado, me esforcé por continuar disimulando y añadí con demasiados titubeos:

– De cutis yo creo que no… no es así muy… ¿No?…  No sé. Poco luminosa, lo que tú dices.

– A ti puede que te gusten así de exóticas.

– Son caras un poco raras quizás… ¿No? Y respecto al cutis, pienso que no son demasiado…

– ¡Vale, pesado!

Y mucho antes de que el gallo cantase, así de alegremente, yo había negado a Anabel tres veces, cosa que era una bajeza doblemente ruin por innecesaria. Entonces quise echar marcha atrás:

– Llevo años saliendo contigo y nunca me había parecido que fueses particularmente racista.

– No lo soy. Simplemente, te he pillado.

Eso de leer el pensamiento es una fea costumbre de algunas mujeres. Carmen lo hacía con absoluta seguridad. Me quedé callado. Y ella tan solo añadió:

– Lo único que te digo es que estamos muy bien los dos. Espero que no lo vayas a estropear.

Ya no se habló más de aquel asunto.

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