Menu

Secuencias de la vida de un soltero. (Fragmento de Al final del pasillo)

febrero 11, 2015 - Relatos
Voy a ver si me zampo alguna cochinada de las mías, lo que me toque hoy, porque hace mucho que no he comprado nada. Probablemente no voy a encontrar más que restos de serie.

Cuando voy al supermercado traigo mucha comida y entonces parece que me hubiera tocado la lotería. Soy rico. Me alimento casi como un ser civilizado. Después, pasadas dos semanas, aunque todavía me queden cosas, yo ya no estoy por la labor de  cocinar porque, claro, viviendo solo, uno se lo prepara en tres cuartos de hora y luego lo devora en cinco minutos. Hay un círculo vicioso. Como no cocino nunca, no cocino bien, y como no cocino bien, no cocino nunca. Una quincena después, aunque todavía quede comida ya empiezo a comer peor aún, en parte porque la pereza arrecia como una niebla junto a la ciénaga de mi desidia, por así decirlo, que queda más bonito que “me voy portando como un cerdo”, y también porque lo que más me gusta ya se ha acabado, que en el fondo es un motivo más simple, e indulgente de decir la misma cosa.

 

A la tercera semana es como si me alimentase de desperdicios. Hay paté pero no queda pan; me lo como con galletas. ¿Quedan pimientos del piquillo y un bote de judías verdes? Me tomo una cosa de primero y otra de segundo, y al día siguiente lo mismo pero al revés, para que haya variación. Pimientos del piquillo es algo que nunca falta ni la sexta semana, porque hago acopio por decenas de botes.

     Hay veces que cuesta agotar definitivamente las reservas de ciertos alimentos. Por ejemplo, un alimento típico de la cuarta semana pueden ser las pasas con piñones. Puede que parezca una cena un poco rara, y sé que no es lo que normalmente toma la gente antes de acostarse, pero es que, no se sabe cómo, hasta en el hogar de un hombre como yo, de chuletas y de pescado, de verduras y de caza, de patatas y de huevos, se infiltran como cucarachas alimentos tan conspicuos como los piñones y como las pasas, que uno no sabe bien cómo se guisan ni para qué leches sirven. Yo de estas cosas meto en todos los sitios para que se acaben. Lo mismo en unas espinacas que en una tortilla. Eso es importante porque de este modo no se convierten en cena obligada cuando todo lo demás ha dejado de existir. Pero está claro que son para que uno los encuentre en un recoveco del armario y pueda sobrevivir más allá de la cuarta semana. Lo malo, o lo peor, es que le encuentro gracia a todo esto, que es una especie de bohemia. Así que puede que cene esta noche una bolsa de piñones, otra de queso rallado, otra de pasas y un zumo de piña de esos que me mete Carmen, porque dice que la piña va muy bien para no sé qué. ¿Y qué veo por aquí? ¡Una lata de berberechos! Seguramente los berberechos harán buena pareja con el queso rallado. ¡Dios mío, solamente faltaba que le echase a todo un par de cucharadas de cacao en polvo que también veo por aquí! Y un vaso de leche. Así agoto definitivamente las existencias y lo tiro todo revuelto a la basura. No. Aún queda sal, Ponche Caballero, vinagre,.. Pero vamos, con lo de antes ya se puede cenar. Eso o salir fuera. Pero no me apetece. Siempre estoy cenando solo y perdido, póbrecito de mí. ¿Dónde está el maldito abrelatas? Cuatro cosas que caben en esta casa y nunca las encuentro. Quizás si busco otra cosa…

Salí de mi apartamento dispuesto a pedir un abrelatas.

Continua

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: